Isabel comenzó un viaje en solitario por América. Cuatro meses después, Pablo se unió a la aventura. Como él ya había recorrido América en otra ocasión, puso una condición: viajar en bicicleta. Pablo ya había viajado en bici por España, pero para Isabel era la primera vez.
Así, se juntaron en México y con sus dos bicicletas comenzaron su aventura en pareja. Su plan era pedalear desde la selva Maya hasta el Amazonas con el propósito de unir las dos selvas más grandes de América y documentar el recorrido buscando historias en torno a su conservación.

En México visitaron ruinas arqueológicas y descubrieron el turismo comunitario. Pero lo que sin duda encontraron fueron nuevas amistades, muchas puertas de hogares abiertas, fauna (como ver cocodrilos o escuchar a los monos aulladores) y, por supuesto, muchos tacos.
Guatemala los recibió con aire fresco, muchos colores y trajes tradicionales. Se adentraron en la parte selvática, el Petén. Conocieron sitios como la Isla de Flores. Allí, Isabel sufrió una fuerte caída después de varios días de travesía y también se puso mala. No podían pedalear, así que tuvieron que buscar la manera más económica de estar en la isla mientras se recuperaban: haciendo intercambios. Así, hicieron fotografías y vídeos de hostales a cambio de alojamiento.
Tuvieron la oportunidad de adentrarse en la selva con la organización Rainforest Alliance. Allí conocieron más sobre las problemáticas de la selva y el uso sostenible de las maderas preciosas a través del turismo comunitario.

Dejaron el Caribe y llegaron a El Salvador en el momento oportuno para presenciar el desove de las tortugas y participar en la liberación de algunas que acababan de nacer en el mismo lugar donde años atrás casi se extinguen. También conocieron varias organizaciones que ayudaban a mejorar las aguas, ríos y tierras del país.
Su paso por Honduras fue breve debido a un malentendido con el visado: solo tenían 24 horas para cruzar la parte más estrecha del país en bicicleta y evitar multas.
Nicaragua fue uno de los países que más les sorprendió. Sus paisajes, volcanes y gente les cautivaron. Allí conocieron la Selva de Indio Maíz, donde se arriesgaron a documentarla con su dron, a pesar de que estaba prohibido.

En Costa Rica vieron esa magia del viaje de la que todos hablan, pero también descubrieron realidades menos amables, como los monocultivos de piña que destruyen esa naturaleza de la que hace gala el país. En el Parque Nacional Cahuita vieron osos perezosos, monos, guacamayas, cocodrilos y mucha más fauna.
En las Islas del Toro de Panamá la fauna se veía de forma fácil y sin complicaciones: estrellas de mar, osos perezosos, monos… Todo era hermoso, pero se dieron cuenta de que los paisajes ya no les dejaban con la boca abierta; necesitaban un cambio y decidieron dar un giro a esta aventura.
Por eso en Colombia cambiaron al bikepacking. A partir de ahí sus travesías serían por las montañas. Fue más duro, pero mereció la pena.

En este país encontraron una gente especialmente amable y siempre dispuesta a ayudar. Era bastante barato y las montañas les devolvieron la ilusión del principio del viaje. Durante casi 5 meses atravesaron Colombia de norte a sur y compartieron rutas con otros cicloviajeros (llegaron a ir 8 juntos). También conocieron los páramos colombianos, un ecosistema situado a más de 4000 m que solo se encuentra en tres países del mundo. Colombia les robó el corazón, pero el viaje continuó.
En Ecuador se adentraron en la selva. Tomaron una lancha desde la ciudad de El Coca durante 8 horas, con sus bicicletas atadas al techo. A mitad de camino, el barco se rompió, y cuando ya pensaban que tendrían que pasar la noche en medio del río, los rescataron. Encontraron un guía que los llevó de expedición por la selva del PN Yasuní, uno de los parques nacionales más biodiversos del mundo. Vieron búhos, delfines, arañas, serpientes, cocodrilos, monos… También vieron una inmensidad de barcos petroleros con su maquinaria pesada adentrándose en la selva.

Desde allí, un bote los llevó por plena Amazonía hasta el primer pueblo peruano, Cabo Pantoja. Allí tuvieron que esperar 5 días un barco que los llevaría a Iquitos. En este barco, durante 3 días, recorrieron todos los pueblos costeros, hasta llegar a la capital del Amazonas. La ciudad los recibió con basura y plásticos. Después de visitar sus rincones, conocer su historia y disfrutar del asfalto, volvieron a coger otro barco. Esta vez era uno muy grande y en él, tras 10 días de travesía, llegaron a Pucallpa. El viaje en barco fue lento y, en ocasiones, aburrido, pero les permitió contemplar la naturaleza y ser testigos del tráfico ilegal de animales y de la tala incontrolada de maderas.
Después de un año, habían completado en sus bicicletas el propósito de Bici Salvaje: pedalear desde la selva Maya hasta el Amazonas, documentando el estado de la naturaleza y los bosques tropicales.

Estaban eufóricos, pero tenían la sensación de que un año había pasado demasiado rápido. Nada los obligaba a volver a casa, así que se preguntaron «¿y si seguimos? ¿Acaso no somos dueños de nuestro tiempo y sueños?» Decidieron continuar el viaje hasta donde no pudieran pedalear más.
Al llegar de la selva, Pablo enfermó de fiebre tifoidea. La recuperación sería lenta. Necesitaban un lugar donde parar sin coste extra. Tomaron un autobús hasta Cusco donde se quedaron en el hostal de un amigo de Pablo trabajando como voluntarios a cambio de comida y cama. Por las tardes ganaban dinero haciendo tatuajes.
Después de 2 meses en Cusco, tomaron la ruta más salvaje para llegar a Machu Picchu, lo que incluyó una rotura de cámara y hacer más de 70 km con las bicis por las vías del tren. En Perú conocieron montañas increíbles, pueblos impulsados por la minería artesanal, gente llena de magia y rincones a los que el turismo no llega.

Llegaron a Bolivia por el Lago Titicaca. Después de pasar unos días de descanso, siguieron rumbo Sur. Cruzaron a Chile para recorrer una ruta muy conocida entre cicloviajeros: la ruta de las vicuñas. Un camino a través del altiplano, entre volcanes, montañas, flamencos, aguas termales, vicuñas y donde recibieron mucha ayuda y comida de los chilenos.
Regresaron a Bolivia para visitar el salar de Uyuni. Cuando el paisaje se tornó blanco, la sal reflejaba tanto el sol que era imposible quitarse las gafas. La llanura les hacía pensar que la isla a la que se dirigían estaba siempre más cerca de lo que en realidad estaba. De repente el paisaje los volvió vulnerables y pequeños. Llegaron a la isla de Incahuasi, un oasis en medio de tanta sal. Cientos de estrellas se volvieron sus compañeras y la sensación de vivir un sueño era cada vez mayor.

Cruzaron al norte de Argentina y, al descender del altiplano, una ola de calor les dio la bienvenida. El calor pasó a ser su mayor adversidad. Aquí recibieron la invitación a participar en un encuentro de bikepacking en la Araucanía chilena, así que cruzaron de nuevo a Chile.
Era la primera vez que asistían a un encuentro así. Les dio aire nuevo y compartieron ruta con cientos de cicloviajeros. La Araucanía chilena les estaba regalando paisajes que los dejaban sorprendidos y sin aliento. En menos de 30 km pasaban por bosques de araucarias, volcanes y lagos. El Parque Nacional Conguillío fue el mejor cierre para despedirse de esos paisajes.
Después del encuentro, continuaron hacia el sur, esta vez en compañía de Pedro, con quien viajaron durante 15 días. Con él volvieron a cruzar a Argentina donde se adentraron por primera vez en la Patagonia. Desde allí, hicieron una ruta alternativa a los 7 lagos y llegaron a San Carlos de Bariloche, donde pasaron la Navidad. Un señor les dejó las llaves de su casa y se marchó con su familia a pasar las fiestas, un gesto que para ellos fue mucho más que un regalo. En El Bolsón, pasaron la Nochevieja en casa de otra pareja. Después de unos días de fiestas, se despidieron de aquella familia acompañados de Juanse y Sol, con los que estuvieron pedaleando otros 15 días.
Cruzaron de nuevo a Chile para viajar por la carretera austral, una de las rutas más bonitas del país. Cientos de ciclistas venían a hacerla durante el verano. Pasaron de no ver apenas ciclistas a verlos en cada esquina, así que disfrutaron de las nuevas compañías.

El final de la carretera austral suponía un cruce en barco hacia Argentina, lo que era demasiado caro. Pensando en su economía, se desviaron hacia el PN Patagonia.
Querían ir al Parque Nacional Perito Moreno, pero el viento en contra, que no los dejaba pedalear a más de 5 km/h, los dejó agotados. Decidieron acampar y el viento se llevó la tienda por los aires. La recuperaron, pero estaba destrozada. Por suerte, los dejaron dormir en el único refugio aunque estaba ocupado.
Tras soportar las ráfagas de viento más intensas de su vida y las alertas rojas, tomaron un coche hasta El Chaltén. Unos días después continuaron hacia Chile. Llegaron a Tierra del Fuego, donde el viento azotaba tan fuerte que los árboles crecían de lado. En el lado chileno, el territorio es solitario y la vida florece: vieron vicuñas, armadillos, zorros, salmones, castores, nutrias y la colonia de pingüinos emperador. Viajaban con una caña de pescar hecha a mano y allí Pablo consiguió pescar su primer salmón.
En el lado argentino llegaron a la ciudad más esperada: Ushuaia. Y así terminó su aventura, después de haber pedaleado desde México hasta Ushuaia en un viaje de 15.000 km en bicicleta, uniendo la selva Maya con la selva Amazónica… y más allá.

Isabel Vázquez Evuy es higienista dental, diseñadora web y viajera. Su espíritu soñador le impulsa a querer estar siempre cerca de la naturaleza y de las aventuras.
Pablo García, aventurero incansable, es un fotógrafo apasionado por la bicicleta y la naturaleza. Su espíritu explorador y su mente creativa hacen que viajar con él sea siempre una aventura.




