Después de terminar su doctorado, siguiendo la idea de un libro que leyó cuando era adolescente, María decidió que antes de entrar en la rueda laboral quería dar la vuelta al mundo sin avión, como hacían en aquel libro.
Tomó los ahorros de cinco años trabajando en Alemania y se fue en tren desde su casa en Leipzig hasta su casa en España.
Paró en Francia, donde presentó un póster en una conferencia y luego visitó a su familia y amigos en distintas ciudades españolas antes de tomar un ferry hasta las Islas Canarias.


Unió su sueño al de su amiga María, que quería cruzar el Atlántico en velero. Después de muchas entrevistas, las aceptaron como tripulantes en el Topaze. Pasó la Navidad de 2022 en este velero de 15 metros navegando de Canarias a Cabo Verde.
En Mindelo tuvieron que esperar el buen viento hasta que, finalmente, el 11 de enero de 2023, los seis que formaban parte de la tripulación salieron con dirección a Brasil. Tras dos semanas sin ver tierra ni saber nada del mundo más que lo que recibían por el Garmin inReach, arribaron a Recife.

María cree que si no hubiese sido por sus amigas aún seguiría por allí. La motivación de quedar con ellas fue la que la mantuvo en movimiento. Las dos Marías habían quedado con su amiga Sete en Argentina. Querían llegar a Patagonia antes de que hiciera demasiado frío, así que recorrieron todo Brasil en autobús (más de 50 horas) para llegar a las cataratas de Iguazú y cruzar a Argentina.
Juntas fueron a un festival en Neuquén y estuvieron viajando por la Patagonia argentina hasta Perito Moreno. María se separó de sus amigas para ir a Ushuaia y desde allí seguir hacia el norte por Chile, donde celebró el 8 M en Punta Arenas. Tomó un ferry de dos días de Puerto Natales a Caleta Tortel, y allí conoció a Antoine, con quien recorrió la carretera austral a dedo.

Siguió por Chile, visitando amigos de Leipzig, y cruzó nuevamente a Mendoza para reencontrarse con María, que se había enamorado de Argentina y le descubrió las bodegas. Continuó su camino con Antoine por el valle del Elqui y el desierto de Atacama, donde por primera vez pudo fotografiar la Vía Láctea. Cruzaron a Bolivia, pasando por Potosí, La Paz, y de allí pasaron del desierto a la selva y la pampa. Vio delfines rosados, cocodrilos, monos, pájaros, y conoció algunos de los remedios naturales de las tribus indígenas.
Antoine tenía que irse desde Lima, así que de Bolivia viajaron a Perú y se despidieron. María continuó su camino hasta Colombia, donde había quedado con amigas. Pasó por Ecuador para llegar a la zona del eje cafetero, donde se reunió con Paula y Patri.

Las tres viajaron dos semanas y cuando se fueron, María se quedó en Colombia para poder votar en las elecciones generales de España (se había registrado como residente temporal en el consulado y tenía que esperar a que llegaran las papeletas).
Pasó cinco días en un velero por las islas San Blas hasta llegar a Panamá, donde estuvo bastante tiempo buscando posibilidades para cruzar el Pacífico. Finalmente, gracias a Carla Llamas, contactó con Alba y Pablo y le dijeron que salía un crucero de reposicionamiento en un mes desde San Francisco, así que tuvo que recorrer toda Centroamérica y México para llegar hasta allí. En el camino visitó amigos, fue a la selva, vio volcanes en erupción… y pasó mucho tiempo en autobuses.
Llegó a San Francisco a tiempo para tomar un crucero de un mes en el que visitó Hawaii, Tahití y Samoa Americana. Durante ese mes tuvo habitación y baño propio, unas vacaciones dentro de sus vacaciones. Descubrió la inmensidad del Pacífico y se quedó con ganas de conocer más.

Llegó a Nueva Zelanda a tiempo para encontrarse con su amiga Claudia. Juntas visitaron la isla norte y se embarcaron en un crucero hacia Australia, donde recorrieron toda la costa este. Vieron pingüinos en Philip Island, hicieron snorkel en el Gran Arrecife de Coral y visitaron la selva más antigua del mundo.
Claudia se fue. Era la temporada de lluvias y los barcos no salían hasta la época seca. Consiguió un trabajo en un café en Townsville y se quedó allí mes y medio pensando que tendría un poquito de paz. Pero le pasaron muchas cosas, entre ellas vivir un ciclón. Viajó un poco por Australia, vio koalas, dingos y bosques que crecen en arena, y llegó a Tasmania a ver wombats, demonios de Tasmania y ornitorrincos. Cuando las lluvias pararon, contactó con Gregor, quien salía en dirección a Indonesia con su barco Taloa. Se unió al barco justo cuando se iban a cumplir los tres meses de su visado australiano.
Navegaron desde Cairns hasta Tual, en las islas Kei de Indonesia, anclaron en lugares donde no se podía bañar por el riesgo de cocodrilos y medusas, vieron pinturas indígenas en islas vacías y cruzaron el estrecho de Torres. Visitaron islas deshabitadas, vieron granjas de perlas y llegaron a las Molucas, las islas de las especias que Magallanes había buscado en su expedición.

Continuó su ruta por Indonesia, donde asistió al festival de la independencia de Timor Leste, recorrió la isla de Flores en moto con James y navegó por el parque nacional Komodo. Tras tres meses, dejó el Taloa en Lombok, donde continuó su camino tomando ferris hasta llegar al continente euroasiático en Singapur.
Su amiga Natalie vino a Malasia un par de semanas. Juntas exploraron montañas, islas, el pasado colonial portugués, campos de té, templos… También se reunió con un amigo gallego que conoció en Medellín.
Tuvo que recorrer el resto del sudeste asiático en un par de semanas para llegar a Hong Kong a tiempo a recoger a su madre, que pisó Asia por primera vez en su vida para verla después de año y medio. Juntas viajaron hasta Beijing en trenes de alta velocidad, se deleitaron comiendo y vieron pandas en Chengdu, además de visitar la China imperial en Xi’an y Beijing.
Cuando su madre se fue, viajó a Mongolia para practicar la fotografía nocturna en las yurtas del desierto de Gobi, además de desbloquear un nuevo medio de transporte: una larga travesía a caballo para conocer a los pastores de renos.

Tomó el transiberiano hasta el lago Baikal y las montañas de Altai, donde tuvo que hacer autostop debido al bloqueo ruso, que le impedía usar tarjetas, y nadie le cambiaba sus tugriks mongoles.
Viajó a Asia Central para encontrarse con su amigo Jaime en Uzbekistán, donde recorrieron las antiguas capitales de la ruta de la seda y vieron la vía láctea sobre el cementerio de barcos del mar de Aral.
En Tayikistán, alquilaron un 4×4 con otras personas para recorrer la carretera del Pamir. Visitaron un mercado afgano, muchas termas, un observatorio soviético abandonado y caminaron más de 20 km por la nieve con todas sus pertenencias porque no pasaban coches para cruzar la frontera y llegar a Kirguistán.
De Rusia cruzó a Georgia, donde se reunió con sus amigos Paula y Juan justo cuando había protestas en la región. Pasó por Armenia antes de cruzar nuevamente Georgia y Turquía para llegar en ferry a Chipre, donde se reunió con sus amigas Marta y Natalie para pasar Navidad y Año Nuevo. Siguió viaje con Claudia por Turquía y se emocionaron con la historia y la hospitalidad kurda.

Antes de regresar a territorio europeo, fue a Irán, un país lleno de leyes que nadie cumplía, gente muy generosa y una cultura rica en arte e historia. Bebió cerveza a orillas del Caspio mientras debatía sobre relaciones abiertas, y un creador de contenido de viajes de Teherán hizo un reel sobre ella, lo que le permitió ganar muchos seguidores iraníes. Vivió el día de la revolución en Isfahan, aprendió sobre el zoroastrismo en Yazd, y llegó a Persepolis invitada por un taxista. Terminó en una jam session con estudiantes de música y viajó a las islas del golfo pérsico, donde se quedó con hippies iraníes y les acompañó a vender pulseritas en la playa.
Cruzó en ferry hasta Dubai, donde se alojó con chicas argentinas que trabajaban como bailarinas de danza del vientre. En Omán, se unió a un chico danés del hostel que había alquilado un coche para explora los wadis.
Llegó a Arabia Saudita y fue a Riad el día en que comenzó el Ramadán. Tuvo que quedarse un par de días en Kuwait esperando que le aceptaran el visado para Irak y celebró allí uno de los iftars más auténticos que ha vivido.
En Irak navegó por las marismas de Mesopotamia, visitó el santuario de Karbala y en Bagdad se reencontró con un amigo libio que había llegado allí caminando. Vio los horrores de la guerra en Mosul y, en el Kurdistán iraquí, una kurda iraní le tatuó el símbolo feminista en la espalda.
Cruzó Turquía en dos días para tomar un ferry hacia la isla de Chios y finalmente entrar en la Unión Europea, donde pudo beber vino después de tanto tiempo.

En Atenas se reencontró con María (con quien cruzó el Atlántico), en Tesalónica con Lukas (con quien recorrió la carretera del Pamir), y Javier, Gloria y Raquel viajaron con ella para desbloquear un nuevo medio de transporte, la camper, y recorrer juntos la península del Peloponeso. Tras recorrer los Balcanes e Italia y tomar un ferry a Alicante (su ciudad), completó su vuelta al mundo sin aviones.
Su madre y su abuela son biólogas, y ella misma estudió ciencias ambientales. Su abuela ha viajado muchísimo con su grupo de geología y le dio las botas que usaba en esos viajes, que tienen casi su edad y han hecho este gran viaje con ella. Le interesa mucho la historia, la política y los movimientos sociales, y está involucrada en Izquierda Unida. Gracias a sus conexiones, ha quedado con gente que le ha explicado muchos aspectos de los movimientos de izquierdas, especialmente en Latinoamérica. También participó en muchos encuentros de la Ruta Quetzal, lo que le permitió contactar con muchos amigos de aquellos viajes.
Hizo un doctorado en Alemania sobre un bosque subtropical chino y, durante su máster, hizo su trabajo de fin de máster en Kirguistán. Ha financiado todo su viaje con sus ahorros y su intención es dedicarse nuevamente a la investigación en ecología.




